lunes, 8 de marzo de 2021

Los Caminantes Primigenios [cuento]

En las antiguas leyendas que remontan a los comienzos del mundo de Asztriand, en la Era Titánica, cuentan que al principio solo existía ocupando por completo al mundo recién nacido la oscura e incalculable superficie de agua nombrada como Ur-kan, el Océano Primordial, y sobre éste, Umna, el Manto de Niebla, una trémula neblina invisible que cubre el cielo separándolo del cosmos infinito. Luego del surgimiento de una masa continental única, cuando aún no existía sol ni luna en el firmamento, las caóticas fuerzas de la naturaleza entraron en conflicto y los seis elementos primordiales, agua, tierra, fuego, aire, éter y vacío, chocaron entre sí. Esta colisión fue la que ayudó lentamente a dar forma al mundo prehistórico, moldeando las costas, quebrando la tierra para dibujar ríos y lagos, deformando y elevando la superficie terrestre y submarina para crear colinas, montañas o volcanes, otorgando la energía suficiente para que la vegetación prospere, y hasta purificando el aire. Mientras que, en el núcleo del mundo, de la unión de los seis elementos había nacido la fantástica fuerza conocida mucho tiempo después como Magia Arcana, la cual mantenía a Asztriand activo y en constante evolución. Y de su conciencia sobrenatural nacieron cuatro criaturas con mayor razón e inteligencia que el resto.

Los Heimmir, los Cuatro Primeros Gigantes, despertaron en distintos puntos del mundo. Wör, Hyr, Uld y Jord deambularon solitarios en él durante mucho tiempo hasta el momento que se encontraron. Pero no fue una soledad absoluta ya que las primeras bestias gigantes y animales ancestrales comenzaban a aparecer en el gran continente bautizado como Pannor, la Tierra Grande. Cuando se reunieron notaron que en su larga travesía no había seres pensantes ni conscientes de su existencia más que ellos cuatro. Y en las orillas del hermoso lago Inssandagr, el Pozo de la Vida, compartieron sus recientes y crecientes conocimientos bajo el cielo prehistórico de perpetua noche estrellada.

Inssandagr, en el centro de Pannor 


Estos Heimmir fueron los padres de la raza que milenios después sería llamada por los humanos como Gigantes, por su monumental estatura. Con ellos comenzó la historia del mundo en la Primera Edad, la Era de los Titanes. Y en apenas unos siglos, Wör, Hyr, Uld y Jord, crearon con su magia y poder a más semejantes, aumentando la cantidad de gigantes hasta ser la especie dominante en Asztriand. Fueron los Cuatro Primeros Gigantes los que estudiaron por sobre los demás el mundo en constante cambio y desarrollo, y el más destacado fue Wör el Soñador, apodo que ganó por el modo que utiliza su magia. Al mismo tiempo que contemplaba la vida inmortal del mundo y experimentaba en ella, daba vida inconscientemente con sus actos a la descendencia Heimmir. La mayor parte de los Gigantes de las Llanuras y Gigantes de las Colinas fueron llamados Wörtan, Hijos de Wör, comenzando así un linaje ancestral. 

Los individuos de esta estirpe alcanzaron alturas de hasta cincuenta varas. Algunos, unos pocos, llegaban a rozar las sesenta. Era una raza más bien nómada, ya sea en soledad o agrupados en conjuntos de dos o tres integrantes con un anciano a la cabeza. Los pocos que se asentaron construían sus cabañas utilizando la madera de árboles que igualaba su altura. De espíritu solitario y benévolo, buscaron rodearse de la inmensa y pacífica belleza de los paisajes de antaño. La agresividad nunca formó parte de su carácter, aunque sí eran recelosos con sus conocimientos del mundo y las artes que practicaban en él, como la filosofía, alquimia, medicina, astrología, astronomía y artes mágicas. A pesar de esto, la Magia Arcana nunca fue de sumo interés para estos titanes, ni tampoco la Magia de la Naturaleza. Por esto, más allá de sus tendencias pacifistas, no tenían buen trato con los Ëltar, las místicas criaturas elementales de Asztriand regidas por el Caos. Éstos se manifestaban en gran medida en la Era Titánica alterando el entorno a su paso, al igual que su contraparte del Orden, los Estrand, y los Wörtan se mostraban distantes.  

Al tener como prioridad la supremacía de la mente y la armonía con las bestias de la naturaleza no buscaban riquezas materiales. Comúnmente se los veía andar con cayados o bastones de madera retorcida de algún árbol que encontraran por ahí. Se vestían con telas o cueros de simple manufactura que simulaban togas de colores arena o diferentes tonos terrosos, pero no se tapaban el cuerpo entero, sino que se las ataban con simpleza en la cadera o torso. El tono de su gruesa piel variaba dependiendo el clima del lugar donde más asistían o habitaran. Todos los Wörtan tenían un cuerpo velludo de pelos oscuros y ojos de diversos marrones, con manchas blancas o grises en el muy dilatado iris.        

Esta raza se destacó por envejecer físicamente a gran velocidad. Casi no tienen niñez y su juventud es corta, como si un humano llegase a la adultez a los doce años y entrase en la vejez aparentando un siglo de vida cuando recién ha cumplido los treinta. A pesar de esto, como todas las razas dominantes de la Primera y Segunda Edad del mundo, y algunas faéricas de la Tercera Edad, los Heimmir eran inmortales.

En su vida longeva los gigantes vieron el mundo crecer a su alrededor, explorando todos los confines de Pannor, cuyos límites eran marcados por el Océano Primordial aún vigente solo en el norte, el Océano Abismal en la costa austral, las Aguas de las Sombras en occidente, y las Aguas de los Sueños en oriente. Para dar un orden más preciso al gran territorio prehistórico los Heimmir lo dividieron en Siete Reinos o Maa. Al noroeste estaba Eür, al oeste Ereón, al este Unán, en el centro Eän, al sudoeste Aëz y al sudeste Azán. Y la pequeña Saarin, subreino entre las tierras de Eür, Ereón y Eän.

Todos estos nombres se los otorgaron los primeros habitantes de la historia y todas estas maravillosas regiones del mundo Wör las visitó.

Wör había llegado a la adultez con el aspecto de un anciano y los conocimientos de un sabio. En la vestidura de solo un pequeño taparrabos de pieles enmendadas se veían los músculos marcados de la juventud, aunque caminara levemente encorvado sosteniéndose con gruesas y velludas piernas y la ayuda de un cayado de su misma altura. Su rostro era serio y su mirada serena, de grandes ojos marrones con relámpagos blancos. De gruesa y redondeada cabeza, boca pequeña y nariz ancha y alargada. Tenía una frente pronunciada que comenzaba a dejar al descubierto una pronta calvicie, con dos orejas colgantes que se escondían apenas en la barba y el pelo. Éste le llegaba hasta la altura de los omóplatos, en cambio, su barba larga, sucia y enmarañada, blancuzca y gris, le llegaba por las rodillas tapándole la pelvis. La barba era un signo común de los gigantes ya que todos ellos eran hombres y no existían mujeres dentro de esta raza. Hasta el día que Wör hizo un hallazgo que lo cambiaría todo.

Se encontraba caminando tranquilamente por entre bajas colinas verdes en el sudoeste del Reino de Eür. A la distancia, contrastando con la gran cordillera que dibujaba el horizonte, divisa un ciervo de esbelto cuerpo con grandes astas doradas de compleja ramificación asomándose al menos unas tres varas por sobre un bajo bosquecillo floreado.

– Oh, Anteferion. – Suspira en el Idioma Titánico, nombrando a la bestia “Corcel de Crin Astado”.

El gigante nunca había visto un ejemplar parecido, así que se queda no muy lejos de él observando con atención, estudiando tal aparición. El ciervo de cornamenta que reflejaba el brillo de las estrellas se acerca tranquilo a una enorme roca de su mismo tamaño, luego comienza a golpearla y rasgarla suavemente con las astas. Al pasar un rato, la roca de superficie pulida se quiebra y se rompe exactamente a la mitad. Wör se acerca curioso para ver mejor. La gigantesca piedra que parecía ser por fuera por dentro era una especie de semilla, de cuyo núcleo comenzaba a alzarse entre brotes un fino arbolillo. El anteferion arranca una pequeña rama tierna y se marcha saltando del lugar al ver al gigante acercarse, perdiéndose más allá del bosque. Sin embargo, Wör se queda allí.

El tiempo pasó, el anciano regó y cuidó de la planta que crecía más y más. A veces lento, otras veces más rápido. Una vez el árbol lo iguala en estatura, cuando no dedica su tiempo a mantener su cuidado, se recuesta a meditar entre sus anchas y cortas raíces, y allí tiene sueños maravillosos llenos de colores, luces, cánticos, bailes y vida.

Una vez al despertar de un prolongado descanso de visiones acogedoras, ve que el ahora colosal árbol parecido a un nogal de gruesas ramas oscuras y frutos secos dorados se encontraba rodeado por decenas de anteferion pero de cornamenta diferente al anterior, ya que eran como hueso amarillento. Éstos medían unas siete varas de alto, un tercio del tamaño que aquél que vio una vez, y casi diez veces más pequeño que el místico árbol. Cuando Wör se pone en pie, nota que los animales que se alimentaban de los frutos caídos rodean una figura desnuda. Aquella criatura era como él, aunque con ligeras diferencias. Era un gigante sí, pero su tamaño sólo alcanza hasta poco más de la cintura del anciano. No tenía barba, sino una larga cabellera ondulada más oscura que la corteza del árbol, con ojos de una tonalidad verde brillante con dibujos en el iris como en las hojas. De piel clara y lisa, tan bella como su rostro y el resto de su cuerpo cubierto de rocío. Wör se sorprende al ver que el gigante tiene pechos hacia afuera, redondeados, y lo que ve en su zona pélvica entre anchas caderas no se parece al miembro que tiene en su propio cuerpo o que tienen el resto de los Heimmir. El anciano se queda maravillado al ver a la primera mujer de Asztriand aún sin tener noción de ello.

– Belya Allyä – Dice en su lengua ancestral, y no pudo decir más cuando cruzaron sus miradas.

Ejemplar de Anteferion 


De ahí en más Wör la alimenta, cría y cuida de ella. Le enseña paso a paso y con suma paciencia durante mucho tiempo todos sus saberes con respecto a su raza, las bestias, la naturaleza, los poderes del mundo y lo que conocía del oscuro cielo iluminado por luces y colores lejanos. El anciano cree que la giganta nació como resultado de sus largos sueños astrales junto al nogal que nombró Quonionsil, Árbol de la Creación. Así que en una ocasión en la que Allyä duerme profundamente vuelve a tenderse allí, a su lado, llamando la magia de sus sueños.

El gigante duerme por un largo e indefinido tiempo, mientras las estrellas con estela surcan el cielo primigenio como una lluvia llameante. Y esta vez al despertar de su letargo ve algo totalmente distinto. El majestuoso árbol se marchita. Su madera se había ennegrecido y solo quedaban con vida sus dorados frutos de cáscara dura colgando de ramas despobladas de hoja alguna. Wör se desespera y llama a gritos a la giganta.

– ¡Allyä! ¡Allyä! – Su confuso corazón se llena de tristeza al no verla por ninguna parte.

Abatido decide, aún con dudas en su alma, que debe ayudar al místico nogal moribundo antes que cualquier cosa. En los días siguientes lo tiene nuevamente a su cuidado. Y cuando el cansancio y la frustración de ver que no puede hacer mucho al respecto lo envuelve, el anciano desfallece sobre las retorcidas raíces grisáceas. El Quonionsil estaba muriendo y sus frutos podridos a punto de caer al suelo. Durante otro encantado desmayo que dura días, su espíritu camina entre sombras etéreas, mareado, somnoliento, con la vista nublada. Escucha un agudo, sutil y armonioso sonido a la distancia. Lo siente provenir de algún mundo hermoso, más allá de la esfera del Umna, donde la malvada oscuridad que lo rodea a él y al árbol no tiene poder. Wör se obliga a despertar. Lentamente se desata de las cadenas invisibles que lo sujetan en ese Plano Astral. Cuando su visión de la realidad se normaliza y su conciencia vuelve a tener noción del mundo físico ve algo impresionante. Como si fuera un sueño hecho realidad, decenas de jóvenes mujeres desnudas de larga cabellera y cuerpos esculturales lo rodean a él y a la moribunda vegetación. Ellas ríen y juguetean dulcemente. Se miran e intentan conocerse poco a poco como si se tratase de niñas inexpertas. El anciano no tarda en ponerse en pie, aún confuso. Camina entre ellas con creciente júbilo. Mirando con más atención nota que cada una sostiene entre sus manos una de las brillantes frutas doradas del Quonionsil. También se da cuenta que entre el tierno grupo no se encuentra Allyä, aquella primera mujer que había criado y amado como una hija. 

Wör no sabe qué hacer. Si revelarle a los demás Heimmir lo que había acontecido o hacer como la primera vez, guardar el secreto para sí y, tal vez, ser el padre y mentor de aquellas mujeres como había hecho alguna vez con Allyä. Esa duda parece atormentarlo y fue tanta su inseguridad que una de ellas lo nota, viendo con claridad como unas oscuras manos invisibles se ciernen alrededor del anciano. Ella se le acerca y con una sonrisa llena de paz y seguridad, brillante como su cabellera castaña dorado, le ofrece su fruto pronunciando el nombre que se le fue otorgado en el Idioma Titánico.

– Kúminan.

El anciano se paraliza sorprendido y al cabo de un rato lo acepta. Su corazón vuelve a latir con normalidad, gozoso. Ella le invita a comerlo haciéndole señas con las manos. Él duda, pero le da una mordida. Repentinamente y para asombro de la muchacha, como si de un hechizo se tratara, sus pensamientos se nublan, su espíritu se separa de su cuerpo, el mundo entero se cubre con un manto negro y cae de espaldas, como petrificado. Wör escucha a las mujeres gritar horrorizadas antes de perderse en su mente. Ve sombras que caminan hacia él dentro de una densa bruma mientras pequeñas luces se alejan. Penetra en la negrura. Siente su espíritu caer desde alguna parte en la oscuridad del universo mientras el Vacío susurra su nombre. La silueta lejana de una mujer lo llama invocando con los brazos abiertos, pero no es suficientemente fuerte. Sigue cayendo mientras a su alrededor las plantas crecen, tienen frutos y mueren mientras el tiempo pasa. Él sigue cayendo y los animales corren, saltan; las aves vuelan en parvadas hacia alguna parte. Sigue cayendo y una poderosa criatura de zarpas y colmillos ataca una figura que porta un arma mágica. Su espíritu sigue cayendo. La negrura a su alrededor parpadea esporádicamente como en el confín de las Aguas de los Sueños. El mundo tiembla muy abajo de él. Cae y flota. Se despierta con esfuerzo y vuelve a dormirse. Sueña, sigue flotando. Todo su ser tiembla muy adentro. Abre los ojos, se encuentra solo en el mundo. Intenta recordar, pero sigue flotando en un eterno océano gris. Una voz poderosa lo llama hablando la lengua de los Heimmir quebrando el velo del maleficio. Una fuerza superior se lo lleva, entonces él intenta recordar e invoca los Símbolos Athrordin. Siente su corazón, siente sus manos, siente su mente, y entre sus complejos pensamientos, entre relámpagos retorcidos de dudas, encuentra un nombre. Pronuncia el nombre de alguien que fascinó a su corazón.   

Quonionsil, la caída de un Árbol Mítico 


Las frías olas grises lo lanzan al suelo soltando su espíritu, recuperando así el conocimiento. Su mente se aclara: se encuentra junto al Quonionsil y a su lado esta Jord, el más hermoso y joven de los Cuatro Primeros Gigantes.

– ¡Wör! Wör. – Llama a su hermano en el Idioma Titánico, con poderosa energía y magia en su voz.

Cuando recupera el conocimiento logra reconocerlo. El anciano le cuenta todo sobre Allyä y las otras mujeres, expresando su tristeza al ver que ya no están por ninguna parte. Las praderas, los bosques y los riachos cercanos se encuentran desiertos, no se ve a nadie más que ellos dos de horizonte a horizonte.

– Estabas muriendo. Tuve que hacer un ritual purificador para despertarte. – Le explica Jord con misericordia en su voz melodiosa. Su mirada azul púrpura se ve apenada. – Te encontré hace seis días. Pero parece que ha pasado mucho más tiempo en este lugar.

 El alma del gigante queda abatida. Cuando tiene la fuerza suficiente para ponerse en pie y andar, toma una rama seca del nogal y la usa como bastón. Encorvándose camina sostenido por su hermano. Marcha lento y afligido, lejos de la tumba del fantástico árbol.

 

Cada cierta cantidad de años, el anciano vuelve al árbol marchito intentando encontrar a las hermosas mujeres otra vez. Apesadumbrado se asegura que nunca más va a correr la misma suerte, que esa oscuridad que lo cubrió y hechizó hace tiempo se las llevó hacia algún lugar desconocido.

Junto con sus hermanos Uld y Jord deambulan las cercanías, estudiando el ennegrecido nogal y la tierra seca bajo sus raíces. El más anciano y sabio de ellos, Uld el Vidente, creador de la primitiva Escritura Titánica, la Simbología Athrordin, talló en una ocasión sobre las piedras que rodean el lugar largos párrafos que protegen los restos del Quonionsil de cualquier fuerza maliciosa. En otra de las piedras quedó escrita la historia del árbol, y en otra, una profecía que cae sobre él según sus visiones premonitorias. Jord lo imita y talla unos signos de poder sobre un trozo de esmeralda, la cual bendice con su gracia y la ata a una de las marchitas ramas colgantes.      

Luego de esto, ninguno volvió a pisar la tierra reseca de los alrededores, excepto Wör. 

Un día, el gigante caminaba por la ladera de unas montañas no muy lejos del lugar, en dirección al gran Inssandagr. Desde allí voltea para mirar en dirección al Quonionsil en lontananza. Se detiene en seco y comienza a descender en su dirección. Al aproximarse al retorcido y negruzco árbol ve a poco menos de una milla al sudoeste un grupo de urzosgos pardos, de lomo espinoso y patas rojizas, que camina en línea recta desde el otro lado de un ancho y poco profundo río hasta más allá de unas colinas verdes, subiendo un fino sendero para internarse en los valles boscosos entre montañas de baja altura. Wör se intriga por esto y sigue a los peludos y corpulentos osos primitivos de seis varas de alto que cargaban largas ramas entre sus fauces, caminando suavemente detrás del último tratando de no molestarlos. Tal como había visto, el sendero rodeaba las faldas de algunas montañas y penetraba en un valle resplandeciente de vegetación. En el centro, el gigante llega a divisar algo borrosamente. Se interna más en el valle que no recuerda haberlo visto antes. Un camino natural lo lleva a un amontonamiento de unas cinco o siete viviendas de piedra con techos de ramas, atestadas con animales salvajes, pequeños y grandes, de todas las clases y colores. Entre todos ellos las mujeres se mezclan en el alboroto de figuras. Wör se separa de la fila de urzosgos y entra en la aldea solo, idiotizado.

Ya a pocos pasos de la pequeña aldea, algunas se voltean a verlo; otras no se percatan de su presencia. Una de ellas lo reconoce y se le acerca con entusiasmo.

Estaba completamente desnuda. Con una mano sostiene una larga vara de madera tallada con dibujos. Su cuello esta humildemente decorado con una alhaja hecha de hojas verdes y finas enredaderas cobrizas trenzadas con una resplandeciente piedra ovalada verde que colgaba entre sus pechos. Su cabellera castaña casi dorada resalta tanto como sus ojos verdes oscuro. En su frente y mejillas había pintado los mismos signos que la gema tenía grabados.

– Maestro Wör. – Le dice usando el idioma de los Heimmir con fluidez.

La mujer le sonríe y se acerca para tocarle el rostro con una de sus suaves manos. En ese momento Wör la reconoce.

- Kúminan. – Pronuncia su nombre, entre una sensación de susto y excitación.

Las demás mujeres se aproximan a la pareja, seguidas de todo tipo de animales. Peludos, con escamas, con plumas, reptantes, voladores, de cuatro patas o más. El anciano se conmueve al escuchar a algunas de ellas hablar en el idioma natal de su raza.    

– Hay que llevarlo con Madre. – Grita una de ellas a otra, entre el alboroto. Y lo conducen entre las rústicas chozas redondas.

El grupo se detiene junto a un largo estanque bañado por las aguas que caían de las cumbres de las montañas circundantes. El lugar brilla rebosante de vegetación mientras las luces del cielo se reflejan en cada una de las gotas. Desde las centelleantes aguas emerge desnuda Allyä. Al otro lado del estanque, sobre rocas, moho y juncos, se percata de la presencia del majestuoso anteferion de cuernos dorados que bebía tranquilo del agua fresca. Éste levanta la cabeza para mirarlo y luego continua, ignorándolo.

La hermosa mujer se detiene ante él y tapa su cuerpo con una fina y transparente tela blanca que ata solo en la cintura con un cinturón de mechones plateados de crin de unicornio.

Se le acerca y lo abraza sonriendo.

– Mis hijas. – Dice Allyä señalando a las demás mujeres. – …Maestro.

 

Las estrellas surcaron el cielo, las coloridas nebulosas en el cosmos flotaron por sobre el mundo prehistórico, grandes piedras solitarias o mundos perdidos aparecían y desaparecían en la vista más allá del Umna en el tiempo en que Wör siguió visitando a las gigantas. El anciano y sus hermanos ayudaron a fortalecer su hogar en el valle, les enseñaron a perfeccionar su idioma, escritura y las diversas artes conocidas por los Heimmir. La sociedad de Allkyres, las Hijas de Allyä, creció hasta extenderse más allá del valle. Más aún cuando alguna de ellas se marchaba para siempre o en busca del descubrimiento de cosas nuevas en el mundo.

Se dice que tiempo después Wör emprendió un largo viaje del cual regresó junto con su hermano Jord, cuya mayor historia comenzaría a partir de aquí y en los años venideros se lo conocería mejor como Jord el Amante. Pero esa historia será contada en otra ocasión.

 

Alan L. F. Chavez.

5 comentarios:

  1. Excelente!!! otra forma de relatar el surgimiento de la tierra conjuntamente con sus elementos indispensables!!! que lindo sería conocer ese idioma titánico, que solo algunos conocen!!! mis felicitaciones

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    1. Muchas gracias Sandra. Me encanta que te haya gustado :) Espero con el tiempo poder revelar muchas cosas más de este mundo que estoy dando forma y la verdad es muy extenso. Y sobre todo, espero que sea interesante para todos los lectores.
      Muchas gracias por el apoyo, saludos!

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  2. Excelente!!! otra forma de relatar el surgimiento de la tierra conjuntamente con sus elementos indispensables!!! que lindo sería conocer ese idioma titánico, que solo algunos conocen!!! mis felicitaciones

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  3. Bastante interesante. Hay nombres de lugares y personajes que poseen un atractivo sonoro, otros no tanto (a mi gusto). Pero en general me parece un trabajo valioso.

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    1. Muchas gracias por tomarte el tiempo en leer mi material :) Espero puedas seguir leyendo más de lo que iré publicando.
      Entiendo totalmente lo que me decís. Con respecto a los relatos del antiguo Mundo de Asztriand, las palabras "inventadas" intento que tengan un origen y coherencia etimológicos que tiene mucho que ver con el Idioma Titánico. Ojo, sin intención de justificar nada. Aún así, me seguiré esforzando en mejorar siempre mi obra. Saludos!

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