domingo, 27 de junio de 2021

De Rocas y Relámpagos [cuento]

Bien se sabe que en los comienzos del mundo las caóticas fuerzas de la naturaleza escupieron desde el fondo del Océano Primordial la gran masa continental conocida como Pannor. En ella, en la Primera Edad del Mundo, cuando aún no existía sol ni luna y la tierra era iluminada por las luces y colores del firmamento, fueron los grandes titanes, dragones, gigantes y bestias ancestrales quienes pudieron dar testimonio de la existencia de la más vasta y amenazante cadena montañosa que se conoció en los tiempos antiguos y modernos. La llamada Sierra de los Colosos se extendía de norte a sur hendiendo gran parte del oeste del gran continente, desde los casquetes polares de las tierras de Eür, al norte, hasta el corazón del diverso territorio de Ereón, al sur, recorriendo unas cinco mil millas, perdiéndose de vista mucho más allá del horizonte.

En las más altas montañas, sobre las faldas y bajo las cumbres rocosas y ásperas, donde solo las bestias salvajes primordiales podrían aventurarse en los tiempos perdidos de antaño, allí se estableció un grupo de gigantes. Nacidos en el seno de la Roca Madre, moldeados en barro, hueso y piedra desde los elementales poderes del Núcleo del Mundo. Estos titánicos seres, cuya piel pétrea pareciera estar formada por minerales de la tierra, eran descendientes directos de Hyr el Constructor, uno de los Cuatro Primeros Gigantes, quien dio forma a los hombres según su imagen y a las mujeres inspirado en las Allkyres de Wör. Estos Hijos de Hyr vagaron por las tierras vírgenes del mundo recién nacido y aún muy joven hasta que encontraron la maravillosa cordillera donde se asentaron.

Jarlkhyrath, la Sierra de los Colosos

Los primeros Gigantes de la Montaña, con sus cuarenta a cincuenta varas de altura, llegaron a levantar estructuras de hasta cuatro veces su tamaño. Muros y terrazas en las faldas de las montañas exquisitamente pulidos, hermosos altares de granito en el centro de gradas coronando las cumbres, amplios y extensos caminos y peldaños de piedra caliza conectando los valles, y lo más llamativo, enormes y deslumbrantes tronos de respaldo bajo que emergen de la roca como si fuera una extensión más de la montaña. Reforzados con alabastro estaban finamente decorados con oro, paladio, cuarzos o diversos cristales coloridos. Con el pasar de los años bajo el imperceptible movimiento del firmamento, los Gigantes de la Montaña construyeron también templos y palacios de simple arquitectura, pero con dimensiones colosales, en ocasiones esculpiendo y dando forma a la montaña misma. Cimentaron salones espaciosos, repletos de esculturas y pilares de mármoles blancos, rojos y marrones espectacularmente decorados. De este modo una de las primeras sociedades nacía en el mundo mucho antes que Pannor se dividiera. Una primitiva cultura que adoraba y respetaba los maravillosos paisajes y belleza que los rodeaba. Una sociedad pacífica, ordenada, compuesta por unos pocos individuos comúnmente organizados en pequeñas familias de hasta cuatro integrantes, protectoras de su descendencia y guía de ella en el camino de los saberes de la Tierra que transmitían de generación en generación. Conducta que permitió al Primer Rey de la Montaña gobernar con tranquila magnificencia y orgullo, en comparación con sus hermanos gigantes en otras partes del mundo, que vivieron en continuo conflicto por siglos.

Desde los picos helados del norte, atravesando los vientos del este y el oeste, hasta los últimos montes verdes del sur, ante la orilla del Urunhav, el Mar Interior, Kunn’ Ha Kar, Amo de la Sierra de los Colosos, reinó con serena sabiduría y guio correctamente a su pueblo siguiendo el legado de su padre Kunn’ Thar, Primer Rey y Señor de los Gigantes de la Montaña, quién había abandonado su mandato luego de manifestar la decisión de entregarse a la Roca Madre y volver a ser uno con la Tierra. Tras dicho acontecimiento, el hijo único se había ganado por herencia el Trono de la Montaña, demostrando luego en cuerpo y alma ante el Ágora de gigantes más ancianos su valor y fuerza, su poder y sabiduría, la fortaleza de su espíritu y su vasto conocimiento en el Camino de los Secretos de la Tierra. Y por mucho tiempo reinó sentado paciente en su portentoso trono Hygnar. Y su pueblo confió que Kunn’ Ha Kar gobernaba equilibradamente. Pero, así como existen gigantes solitarios y libres en las montañas también hay algunos pocos que no siguen por completo las leyes. Tal como lo hacía Cenn’ Kar Haj, quien dejó de mantener su mirada sobre la tierra y la levantó para apreciar el brillante y hermoso cielo primigenio. 

El ermitaño Cenn’ Kar Haj se sentía diferente a los demás Hijos de Hyr, más allá de tener un tanto menos de estatura. A él le conmovía el fragor de los vientos, las luces del eterno firmamento nocturno, los colores que caían desde más allá de las nubes y la neblina que cubría el mundo antiguo y, sobre todo, las tormentas. Admiraba fascinado el poderoso caos del espectáculo de rayos atronadores y relámpagos danzantes que caían desde las negras fauces del cielo prehistórico. Seducido por tal poderío de la naturaleza, Cenn’ Kar Haj desobedeció las normas del rey y abandonó su humilde hogar en dirección al Throundkupék, el Pico de los Titanes, la más grande y extraordinaria montaña del reino de Kunn’ Ha Kar.

El gigante parte solo con un tronco de fresno roto que hace de bastón, vistiendo solamente un pequeño kúlcura que solo cubría su ingle como taparrabos. La típica vestimenta de los Hijos de Hyr, tejida con granos de arena, hilo de barro y una fina aleación metálica suave como el algodón.

Sin consentimiento y sin dar explicaciones Cenn’ Kar Haj viaja hacia el norte desde su solitaria montaña. En su larga travesía por los senderos de la cordillera se detiene de vivienda en vivienda para hablar a los presentes sobre su viaje.

– Voy en busca de respuestas. – Les dice. – Respuestas que nuestro rey dormido no nos puede dar.

Algunos lo escuchan, otros ni siquiera se detienen ante él. Los ancianos de cada familia, líderes silenciosos sentados en los gigantescos tronos que coronan sus hogares, le permiten pasar por sus montañas sin interrumpir ni cuestionar su propósito. Y aunque hay momentos en los que duda de su viaje, nunca se detiene. En varios meses sortea ríos, lagos, valles y cañones. Y poco a poco se interna en el pálido territorio de las cumbres nevadas del norte de Eür-Maa. Hasta que por fin divisa en lontananza la monumental y amenazante escultura del Throundkupék quebrando el paisaje. Escala con dificultad el macizo teñido de blanco de más de siete millas de altura y una vez en su cúspide se detiene a ver el mundo que lo rodea. Se sienta a meditar, a hablar con los rugientes Espíritus del Aire y oír los silenciosos Espíritus de la Tierra. Se detiene a contactar con los elementales poderes del mundo bajo el cielo estrellado azul verdoso de espiraladas e inquietas nubes entre tonos turquesa y púrpura. 

Los años pasan y el gigante sigue allí, en la cima del mundo, intentando una comunión plena con las agitadas fuerzas elementales. Contempla los colores de cielos sin nubes, siente las lluvias torrenciales y las frías nevadas caer sobre su piel rígida, se oye a sí mismo gritar en la inmensidad de un paisaje totalmente desierto y habla con los miles de estrellas del manto celestial sin obtener respuesta. En cierto punto, llega a sentir que hasta la tierra lo había abandonado. Ya no escucha su Voz murmurar bajo sus pies.   

Plegaria a los elementos, en el "Pico de los Titanes"

Un siglo después de su llegada al Pico de los Titanes, el manso techo del mundo de perpetuo crepúsculo se detiene de un momento a otro. Todo se despeja por largo tiempo. El gigante se pone en pie y mira a su alrededor en la quietud sepulcral. Desde todas direcciones se acercaban en la lejanía oscilantes nubes negras. Luego de tan hermosa calma, el extenso cielo prehistórico ruge con tal furia que pudo haber quebrado los cimientos mismos del Throundkupék. Una fría ventisca acaricia los escabrosos cabellos del gigante cuando los Dieciséis Espíritus del Viento comienzan a rodearlo y rozar su pétreo cuerpo. Una fuerte corriente lo libera de sus escasas ropas y pertenencias. Y Cenn’Kar Haj cae de rodillas. Los furiosos Vientos lo golpean desde los dieciséis rincones del mundo. Y en aquel estruendo oye una voz. El sonido no emerge de la tierra bajo sus pies; cae desde las nubes como suave rocío y penetra su mente a través de su cabello enmarañado. La Voz no es áspera, grave, sino dulce, cantante, pero al mismo tiempo poderosa. Pronto el cielo se violenta y tiñe todo de negro. Un mágico juego de rayos, fuegos, luces, nubes y rugidos celestiales dan al gigante un bello espectáculo, el cual aumenta más y más en magnitud. Así que decide escalar hasta el pico de la magnánima montaña y en su cima intenta pararse firme, mirando al cielo abriendo los brazos como si se tratara de un rezo. 

– ¡Elementales del Viento y el Trueno, muéstrenme lo que pueden hacer! – Desafía el gigante. – ¡Oh, Elementales! Muéstrenme su poder. Despierten el espíritu de mi corazón moribundo. – Suplica también. 

El airado cielo negro muestra su cólera casi dibujando una macabra sonrisa entre nubes y destellos. Rayos y truenos caen a tierra formando columnas de energía destructiva a su alrededor. Las oscuras nubes de rostros demoníacos relampaguean en lo alto. La tempestad demuestra ser solo una fracción de los inmensos poderes que se asoman desde las siniestras nubes, bajo los colores y fulgores del cielo estrellado de los tiempos antiguos. Y Cenn’ Kar Haj ríe de regocijo.  

Se para fuerte sobre las rocas y con su mano derecha en alto apuntando al cielo grita:

– ¡Vengan a mí, Poderes de la Creación! Denme su bendición. Bríndenme su fuerza. Yo, Cenn’ Kar Haj, volveré a nacer en su nombre.

A continuación, toda la furia y el amor de la naturaleza entrelazados caen sobre él. La vociferante tormenta baña su cuerpo con truenos y lo libra de su seca corteza, haciendo chispear su sangre arcillosa. Las nubes explotan nuevamente antes que el más destructivo y poderoso rayo que jamás se haya visto caiga directo en la mano extendida del gigante. Éste lo sostiene con temblorosa fuerza. Los cielos rugen, él los corea. La tierra se estremece. El Throundkupék parece no resistir cuando un nuevo rey es consagrado sobre las grandes montañas. Y Hkir’eren, el Rayo Perpetuo, como se lo llamó, nunca más se soltó de su mano. Ahora las tormentas y los vientos no obedecen a nadie más que a Cenn' Kar Haj.

Con su recio y desconocido poder, el nuevo rey viaja sin dudas ni miedos hacia el Trono de la Montaña para reclamar un lugar. En el camino de regreso, algunos de los gigantes que se habían detenido a escucharlo un siglo atrás se sienten cautivados por la imponente imagen del renacido ser que deambula totalmente desnudo por la Sierra de los Colosos, sosteniendo como única posesión una fantástica lanza mágica. La figura de brillante piel, ahora metálica, con cabellera y barba color verde azulado resplandecientes bajo los luceros cósmicos invita a sus hermanos y hermanas a seguir su camino. Sus ojos, anteriormente marrones como la tierra oscura, eran ahora dorados y refulgentes, al igual que la lanza-bastón que sostiene en su mano derecha, en cuya punta superior se encuentra revoloteando y susurrando destellos eléctricos del poderoso relámpago Hkir'eren. Ante el poder que emite su mirada, jóvenes, hombres y mujeres perciben el poder que guardaba en su interior.

Mientras más se acerca al trono de Kunn' Ha Kar en su viaje, más gigantes se unen a él. Las pequeñas familias de viviendas sobre y entre las montañas se reducen y menguan a su paso, dejando atrás a unos pocos adultos y a los inmóviles ancianos patronos en sus sillas de piedra labrada. Éstos lo ven pasar y sienten en silencio la ruptura de su comunión con la Voz de la Tierra murmurante bajo sus pies.       

Cenn' Kar Haj llega a las faldas de Hygnar, la Montaña del Rey, con más de una veintena de seguidores. Ante él: los anchos peldaños que suben nueve mil pies hasta los bordes de la terraza del Ágora. Los gigantes que seguían sus pasos se detienen de escalón en escalón, llegando cada vez menor cantidad a la cumbre, por miedo y respeto hacia su monarca. Hasta que solo queda su líder en el último peldaño, el único capaz de enfrentar a su rey. El autoproclamado Rey de la Tormenta se detiene en el centro de la planicie que conforma el Ágora, a pocos pasos de Kunn' Ha Kar. Frente al trono tallado en el pico rocoso que se eleva unos pocos pies está la gran plaza vacía, como un anfiteatro que rodea la mitad de la circunferencia de la montaña. En el borde, mirando hacia el centro, otros diecisiete tronos vacíos de menor ornamentación y tamaño, uno por cada anciano gigante que encabeza las familias de su sociedad. El Segundo Rey de la Montaña apenas mueve su cuerpo sin despegarse de su asiento. Un hombre corpulento, musculoso, de pronunciada barriga y piel terrosa. Entre su cabello enmarañado como raíces negras que se mezcla con su abundante barba se asoma parcialmente diferentes piedras preciosas incrustadas en su cráneo que hacen de corona. Sus pies descalzos cubiertos de polvo y arena dan a entender que no se había movido de allí hace mucho tiempo. Tanto que un curvado olmo de tronco ancho repleto de hojas creció unos treinta pies en el brazo izquierdo del trono, abriéndose paso en la piedra oscura, entre el alabastro y las gemas, enredando sus raíces al corto espaldar y la extremidad del rey que allí descansa.

Kunn' Ha Kar abre lentamente sus ojos como esquirlas de ámbar revueltos en barro, y le obsequia a su vasallo una imperceptible sonrisa y una pacífica mirada. La humildad es algo que caracteriza a los Gigantes de la Montaña, incluso a él. Tal era el caso en el monarca que apenas llevaba puesto joyería, como un par de brazaletes en muñecas y bíceps o una gruesa faja cinturón metálica con piedras engarzadas, y su única vestimenta era un kúlcura simple que caía bajo la cintura tapándole precariamente hasta las rodillas.

El rey apenas levanta la mano derecha para saludarlo y baja la cabeza para verlo mejor. La tierra murmura bajo sus pies cuando habla lenta y pesadamente.

– Ya no siento tu presencia, hermano. Te oigo como un eco distante en la Voz. 

El Hijo de la Tormenta apenas siente las palabras acariciar la planta de sus pies desnudos.

– Ahora escucho otra voz, Kunn' Ha Kar. Una más hermosa y llena de vida, que me envuelve de vitalidad. No como a ti, vetusto dormido. 

Las nubes chasquean con tenues luces. El rey se mueve un poco más en su asiento, dejando caer algo de la tierra sobre su cuerpo. Vuelve a hablar gravemente, como si se tratara de la tierra misma entrechocando.

– Siento bajo mis pies la furia de los elementos. Inquietos, desordenados. No te dejes corromper, hijo mío.

– No me llames así. – Levanta el tono.

– Cuida el modo de dirigirte a tu rey... – Dice cuanto el otro interrumpe.

– ¡Tú no eres mi rey!

Cenn' Kar Haj vocifera con tal fuerza que lo oyen todos los demás gigantes en las faldas de Hygnar. El rostro de piedra del rey muestra un asombro apenas perceptible. Se endereza en su trono y aprieta con gruesos dedos la roca cobriza, sacudiendo un poco las ramas del olmo a su lado. 

Kunn' Har Kar vuelve a hablar lentamente, en el idioma titánico a través de la Voz Bajo la Tierra.

– Yo soy tu rey, maestro y protector. Y como tal, debes cumplir mi designio, como hijo y súbdito. 

– Lamento decirte, Rey Dormido, que tú ya no proteges a nadie. Y por ese motivo salí en busca de un nuevo maestro, y lo he encontrado. Me enseñó un camino, me enseñó un poder. Incluso me ha enseñado mi destino.

– ¿Y cuál es? – Pregunta riendo, inclinando su cuerpo hacia adelante.

– Ser rey.

El gigante renacido golpea la lanza-bastón en el suelo y un rayo cae al instante en la punta de ésta, estallando y relampagueando. La tierra bajo sus pies se quiebra y quema a su alrededor con la fuerza expansiva de su poder. El cielo oscurece cuando vuelve a hablar, ahora con más vigor.

– En nombre de los elementos, mi antiguo linaje y el poder que me consagró las tormentas, invoco al círculo de ancianos. A los sabios entes que yacen en sus sillas de piedra en la vastedad del reino del Señor de las Montañas. Que el Ágora se haga presente ¡Un nuevo rey reclama el trono de Hygnar!

El bramido final se aleja entre las cumbres como un eco.

El silencio vuelve a invadir el lugar. Y el Rey de la Montaña no tiene más opción que invocar los antiguos glifos de los diecisiete tronos menores que lo rodean. Su llamado se extiende a través de la Voz que murmuraba bajo sus pies, entrando por las distintas marcas talladas mágicamente en la roca de los asientos vacíos, penetrando la piedra del corazón de la montaña y recorriendo la tierra y el barro como las raíces de un gigantesco árbol. Moviéndose por la inmensidad de la Sierra de los Colosos, hasta salir en la otra cara de los glifos mágicos ubicados en los cimientos de los diecisiete tronos de las diecisiete familias esparcidas por la cordillera. Poco a poco, los diferentes ancianos y ancianas se unen a la Voz que los llama en la corona de sus montañas hogares. Las voces se oyen cada vez más fuerte a medida que la conexión con su rey aumenta. Pero Cenn' Kar Haj escucha con más detenimiento la voz etérea que susurra a su oído. Se voltea hacia todos lados. La vibración bajo sus pies le resulta inquietante. A pesar de entender el titánico idioma de los Hyrnen, se siente ajeno a ellos.

La belleza arquitectónica de los Hyrnen


– ¿Ya están todos? – Pregunta dudoso al gigante frente a él.

– Has invocado al Ágora y hemos atendido al llamado. – Responde el más anciano, Cum' Kar Nann, desde su silla en lo más sureño de la cordillera, frente a verdes colinas.

– Ahora dinos, Hyrnen-kur, cuál es el motivo de tu llamado. – Acota la tranquilizadora voz de una de las cinco mujeres presentes, la encorvada Apalcar' Tir.

A medida que los gigantes que conforman el concilio hablan, sus tronos vacíos frente al rey gimen, tiemblan. La simbología mágica palpita al rojo vivo, como si se tratara de la lava que recorre el interior ardiente de los volcanes.

El Hijo de la Tormenta se voltea hacia un lado y otro, en busca de la Voz que ahora siente en la lejanía.

El rey pronuncia el mandato del presente.

– Cenn' Kar Haj se anuncia ante mí, Kunn' Ha Kar, Segundo Rey y Señor, reclamando mi lugar en el Trono de la Montaña.

Un corto silencio precede las palabras de Karann' Tir, el anciano cuyo trono se encuentra entre los fríos picos del norte.

– Ningún Hijo de Hyr, ni cualquier otro Heimmir, es merecedor del lugar que nuestro rey se ganó.

– Yo soy más que eso ahora. – Interrumpe el gigante renacido, hablando en parte con su boca y en parte a través de la magia de los glifos.

– Tu presencia está ausente en la Voz de la Tierra. Se siente distante. – Cum' Kar Nann se mueve lentamente en su trono de gemas rojizas y naranjas. – Has abandonado a los elementos que rigen la montaña.  

El rey sonríe. Se hecha perezosamente y con notorio cansancio sobre el respaldo de alabastro.    

– No hay nada que reclamar para alguien que abandona el Camino de los Secretos de la Tierra. – Habla Hygnann' Ta Nann, otra de las gigantas, cuyo trono se encuentra rodeado de verdes valles rebosantes de vida salvaje.

– No los he abandonado. ¡No! He traído conmigo un nuevo poder. Un poder que salvará el reino de las montañas. Un poder que nuestro rey dormido tiene miedo de empuñar.

– Traes ante el solemne círculo que conforma el Ágora una fuerza que corrompió tu espíritu perdido. – Lo increpa Kunn' Ha Kar.  

– ¿Qué es lo que pretendes? – Interviene Apalcar' Tir, mirando con los párpados cerrados los ojos refulgentes en truenos del acusado. – ¿Buscas la conservación del reino?

– Si.

– ¿Y cómo?

– Para conservarlo debe renacer, como yo lo he hecho.

El cielo relampaguea. Una brisa melodiosa recorre la cordillera de norte a sur y viceversa.

– ¡Somos ancianos no idiotas, jnarta! – Insulta Thar' Nann Kur. El anciano cuyo trono de ébano se encuentra en las cercanías del Throundkupék era el más extrañamente agresivo. – Lo que precede al renacimiento, a la nueva creación, es la destrucción misma.

– Si hay algo que aprendimos del ausente rey Kunn' Thar es que hay sacrificios que se deben aceptar.

– No te atrevas a invocar el recuerdo de mi padre, el Primer Rey y Señor. No tienes derecho, Cenn' Kar Haj.

– No. No lo tengo, ya que le he dado la espalda a la Voz. – Habla con firmeza. – Pero aun así reclamo mi derecho ante los hermanos y hermanas presentes que confían en mí. Reclamo mi derecho al trono de Hygnar, mi derecho a salvar nuestro linaje de su inminente decadencia.

– Nuestros hermanos y hermanas detrás de ti se sienten perdidos, como tú. – Dice pesadamente el rey. – Y lo que haces empeora la situación. Confunde aún más sus jóvenes espíritus débiles.

– La juventud de sus espíritus no significa debilidad, mi rey. – Interviene Baraph' Dar, el menos anciano de todo el Ágora, el más reciente en su lugar, un trono resquebrajado rodeado de cálidas arenas.

Algunos integrantes del concilio murmuran con respecto a las palabras de Baraph' Dar, a otros se los oye reflexionar distantes en la Voz, creyendo poco a poco en la fuerza que domina el espíritu del Hyrnen tocado por el trueno.

– Viejo Rey Dormido, con gusto me sentaré en el trono si te crees incapaz de llevar a cabo el resurgimiento del Reino de la Montaña.

Cenn' Kar Haj se ve más seguro. Detrás, sus seguidores gritan su nombre y exclamaban su aprobación.

– Me niego a abandonar el lugar que me gané y mi gente me ha confiado salvaguardar. – Replica el rey.

– No creas que no puedo arrancarte de él. – Los ojos del hombre metálico arden en chispas.

– ¡Silencio! – Demanda Cum' Kar Nann. – Basta de blasfemar la sensatez que tanto nos caracteriza y nos conserva en plenitud.

Más de la mitad de las voces en comunión con el Ágora vociferan lentamente palabras en contra del renegado.

– El Ágora no permitirá más injurias, Cenn' Kar Haj. – Interviene con firmeza Hygnann' Ta Nann. – Expresa de una vez por todas qué es lo que quieres de este círculo sagrado.

Un extenso y frío silencio, interrumpido solo por el susurro del viento, precede las palabras del gigante.

– Demando ante la presencia del Ágora, que el actual Rey de la Montaña Kunn' Ha Kar, el segundo en ocupar el trono, abandone voluntariamente su lugar en el Hygnar y me lo entregara como nuevo Rey y Señor, el tercero y definitivo. 

Cum' Kar Nann se mueve lentamente en su silla de roca grisácea, acaricia una brillante piedra escarlata con una mano arrugada como la corteza de un árbol milenario.

– Mi Rey... ¿Qué dice al respecto?

– Me niego. – Responde sin dudar. La tierra tiembla levemente bajo sus pies y las rocas de las montañas murmuran suavemente.

Por un largo tiempo, la Voz de la Tierra se aleja de la percepción del portador del Hkir'eren. El círculo de ancianos y ancianas debate a sus espaldas la respuesta a su petitorio. Gran parte de sus hermanos y hermanas sentados en sus lejanos tronos rocosos de diversa ornamentación se oponen claramente ante Cenn' Kar Haj, en el cual notan cierta autoridad sombría y, hasta algunos, señalan de traidor. Pero al menos un cuarto de los allí presentes, como Baraph' Dar, manifiestan un notorio apoyo a las revolucionarias ideas del gigante renacido, comprendiendo con sabiduría su punto de vista. Extendiendo aún más el debate que volvía a comenzar.

Y mientras el concilio delibera, las magias de la Tierra y la Roca intentan apaciguar el insurrecto espíritu del gigante enjuiciado sin poder lograrlo. En cuanto los elementos que habitan bajo el suelo quieren penetrar la piel cromada y chispeante, el fuego eléctrico ahora palpitante en su corazón lo impide. Incluso el danzarín Rayo Perpetuo actúa en conjunto con la lanza-bastón enviando ondas expansivas que repelen la conexión con la antiquísima Voz de la Tierra. Y esta creciente ausencia de empatía con lo que fue una vez su pueblo y familia, enfurece cada vez más al gigante rodeado por los dieciocho colosales tronos grabados.

Cenn' Kar Haj no para de mirar con desprecio al rey frente a sí, y citarle palabras amenazantes en el desconocido Idioma del Viento, incomprensible para Kunn' Ha Kar. Fue su cólera la que no contuvo más e interrumpe con una rugiente tormenta el reflexivo debate de los ancianos y ancianas.

– ¡Me cansé de esperar! – Grita imperioso. – ¿No lo ven? Mi pueblo está cansado de esperar que nuestro Rey Dormido actúe.

Los diecisiete gigantes en sus tronos hablan al unísono haciendo retumbar el lugar.

– ¡Qué repugnante acto de irrespetuosidad interrumpir el sagrado círculo que conforma el Ágora!        

El portador del Hkir'eren toma su arma con ambas manos, se voltea hacia todos lados con postura defensiva. La tormenta aumenta.

– El Ágora no permitirá que una criatura de espíritu oscuro con el corazón corrompido se siente en el Trono de Hygnar. – Ruge Cum' Kar Nann.

– El Ágora no permitirá que un joven inexperto como tú reine por sobre todas las montañas. – Ruge Karann' Tir.

– El Ágora no permitirá que un hermano que haya abandonado el Camino de los Secretos de la Tierra guíe a nuestro pueblo. – Ruge Hygnann' Ta Nann.

– El Ágora rechaza lo demandado por Cenn' Kar Haj ante el trono de nuestro Rey y Señor Kunn' Ha Kar. – Ruge Apalcar' Tir.

– El Ágora sentencia a Cenn' Kar Haj al destierro del Reino de la Montaña. – Ruge una única voz de los ancianos y ancianas a través de los luminiscentes petroglifos.

El joven enjuiciado grita hacia el cielo furioso. Con la expresión del chasquido de una palabra, un poderoso trueno cae hasta penetrar en la lanza-bastón y azotar la tierra bajo sus pies. Al sentir un fuerte golpe a través de la Voz Bajo la Tierra, el Rey de la Montaña, con el movimiento de sus manos y el golpeteo de sus pies en el suelo como si fuera un tambor, invoca un poderoso terremoto que sacude la cordillera. El repentino movimiento empuja al Hijo de la Tormenta hacia atrás, lanzándolo por la ladera del Hygnar, derrumbando también a dos de los diecisiete tronos que lo rodean.

Al sentir el dolor en su conexión con la tierra, el rey cae pesadamente sobre su trono debilitado. Mira jadeante al suelo, sin poder levantar el rostro.

Los seguidores del gigante renacido se acercan a él preocupados y lo ayudan a ponerse en pie.

– Así que esto es lo que quieres. – Dice mirando la cima cuando logra sostener con firmeza su arma otra vez. – ¡Esto es lo que quieres! – Grita amenazante. Y una serie de rayos caen desde las negras nubes arremolinadas. Otros seis tronos que conforman el Ágora son destruidos por la tormenta.

Cenn' Kar Haj se rodea de sus hermanos y hermanas que lo observan admirados.

– Será entonces como quiera nuestro Rey Moribundo. Quédense con su reino terrenal... pronto a la extinción. – Mira a los gigantes a su alrededor. – Yo mismo guiaré a los aptos y merecedores de una vida más digna y noble.        

Sin decir más, se da la vuelta y comienza el descenso por la ladera del Hygnar, convenciéndose a sí mismo que fue él quien tomó la decisión de abandonar a su rey antes que fuera desterrado.

Poco a poco el grupo de gigantes se aleja entre las montañas y más allá de los límites de la Sierra de los Colosos para nunca más volver. El primer Hijo de la Tormenta con algunos de sus hermanos y hermanas se marchan para siempre de allí, donde habían nacido, crecido y vivido durante siglos.

El portador del Hkir'eren y su gente dejan atrás las montañas para adentrarse en las tierras primitivas, cruzando montes, praderas, bosques y ríos. La emigración que dura semanas es larga y cansadora. Algunos ancianos, quienes descendieron de sus tronos grabados con joyas incrustadas para acompañarlo en su campaña, incluso murieron en el camino sin llegar a ver nada del sitio prometido por Cenn' Kar Haj.

El agotamiento, las pérdidas, sumado al hecho de no encontrar un lugar adecuado para su gente, inquietan la mente y espíritu del gigante renacido. Hasta que llega el día en el que se cansa de buscar algo que no encontraría. 

– Si no existe un lugar para nosotros. Un lugar donde levantar nuestro nuevo reino. – Se dirige a todos, que lo observan con unánime respeto. - Entonces seré yo mismo quien deba darle forma.

Utilizando sus nuevos poderes celestiales, invoca los Dieciséis Espíritus del Viento y mueve las nubes. Las moldea a gusto con sus propias manos, trabajando y tallando su forma, como hace tiempo hizo con la piedra y el barro, para crear un hogar, su hogar verdadero en los cielos antiguos bajo el cobijo de las fuerzas elementales del aire.

 

Pasaron décadas hasta que los Gigantes de la Tormenta tuvieran un lugar propio en donde sentirse libres. El renacido ser ahora conocido como Karahk’ Thar, Rey de la Tormenta y Señor del Hkir’eren, pudo enseñar a sus hermanos y hermanas la Magia de los Dieciséis Vientos. Adoraron al cielo primigenio como si de una deidad se tratara, y a las nubes, el viento y el trueno como sus santos señores.

Actualmente la piel de todos los Hijos de la Tormenta mutó de una pétrea aspereza a un metal pulido, al igual que cambiaron sus ojos, su figura, sus órganos, sus mentes junto a sus pensamientos y sus emociones junto a sus deseos. Sobre las nubes construyeron un vasto reino celestial de hermosas figuras arquitectónicas con amplios salones blancos y columnas de hierro azul cromado. Levantaron casas, palacios, templos, altares, puentes, caminos y escalinatas; tal como lo hacían cuando vivían en las montañas, pero esta vez utilizando las nubes como materia prima.

Karahk’ Thar gobernó la vorágine del cielo primitivo, lo gobierna por sobre las criaturas de la tierra y lo gobernará por incontables milenios más allá de la Era Titánica. Y desde todos los confines del mundo y del otro lado de la imperceptible niebla etérea que lo recubre, las fuerzas elementales del aire lo guían y empoderan.

Tronos vacíos... perdidos entre las montañas

Su raza prosperó y como una rugiente tormenta su risa se extendió por los cielos al ver la lenta y penosa extinción del Reino de la Montaña. Dejando solo las ruinas solitarias de una cultura decadente, de una raza perdida, de un rey olvidado. Mas nunca se volvieron a ver Gigantes de la Montaña en el oeste del mundo antiguo. Y la vida se detuvo en la Sierra de los Colosos. Y los glifos grabados en la roca de los tronos se fueron apagando junto a la Voz Bajo la Tierra, ahora lejana e inaudible. Pero el canto del viento, danzante y hermoso, nunca se detuvo, incluso luego de la abertura de la niebla que cubría el manto celestial en sus primeros tiempos, y más allá del ascenso de un sol y una luna en el firmamento. Los poderosos rugidos de las tormentas nunca cesarán siempre que un digno rey verdadero domine los maravillosos cielos.  

 

Alan L. F. Chavez.

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